Ya desde el primer día que empecé en la escuela de danza nos propusieron organizar una fiesta de danza oriental y salir todas a bailar. Tarde o temprano iba a llegar.
Puse en la olla los nervios y el miedo mezclados con orgullo y una pizca de voluntad y me bebí el brebaje. No noté nada, seguía creyendo que haría el ridículo. En fin, pensé, se supone no pasa nada por hacer el ridículo durante cuatro minutos...
Además estaba el tema del vestuario que dejaba al aire mis fofas pechugas y demás carnes redondas heredadas del embarazo. Eso tampoco ayudaba mucho.
Pero sabéis, resulta que es una lata hacer “el pena” así que volví a tomarme un cóctel y me dije: qué coño! La matahari tampoco estaba delgada que digamos y lo demás con estudiar la coreografía en el salón de casa lo saco adelante!
Muy bonito.
La mañana del gran día llegó. El mediodía del gran día llegó. Y sin tregua llegó la tarde del gran día. Llegué al teatro, me maquillé y me vestí con mi traje a medida hecho especialmente para la ocasión.
Mientras esperaba que acabasen las chicas del número anterior al mío noté como las piernas dejaban de responder, noté como mi cabeza se nublaba y mis oídos se cerraban. Díos mío. No podré hacerlo. Saldré ahí y me quedaré parada mirando al público con cara de majareta.
De repente salí de mi espiral al notar a mi compañera de aventura que me tiraba de la mano hacia el escenario. Ya estaba ahí, colocada en la posición inicial esperando que sonara la primera nota. Entonces la alegría hizo acto de presencia esbozando una sonrisa y lanzándome un guiño que agarre con todas mis fuerzas.
Bailé. No sé si lo hice muy bien, supongo que tampoco importa porqué me lo pasé en grande. Os diré que ha sido la vez que mejor me lo he pasado bailando.
Curioso ¿no?








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