Hoy al enterarme de la
muerte del maestro de la guitarra me he acordado de un viejo amigo.
Ramón, un gallego guitarrista también, pero no de flamenco sino de
clásica.
Oh, que gustazo! Él
tocaba su guitarra y, durante un tiempo, me dedicaba sus conciertos y
me regalaba los ramos de flores que dan a los intérpretes cuando
acaban su concierto. Era todo tan emocionante que aun me tiembla la
barriga al recordarlo. Nos escribíamos historias inventadas, eran
inventadas pero los personajes eramos nosotros. Fue muy bonito,
precioso. Pero como todas las flores al final se marchitó. De forma
natural nos distanciamos y cada uno siguió su vida.
Hasta hoy. Le he enviado
un correo, ni idea de si lo recibirá. Ni idea de si contestará.
