Hoy es uno de esos días grandes, de esos que empiezas vacaciones.
Antes de irme, quisiera contaros una historia. Bueno, una parte de la historia del nacimiento de este pececillo de colores que soy. ¡Hasta pronto!
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Era muy pronto y había dormido a trompicones en una de las butacas del buque Salamanca (o algo parecido, esos nombres que les ponen a los barcos que te llevan a las deliciosas Pitiusas).
Todo el mundo hacía cola para bajar al parquing del sótano, como yo odio hacer cola, me lo tomé con calma y tuve tiempo de tomar un café con leche mientras observaba al camarero desperezarse y soltar algunos insultos en gallego.
Finalmente bajé al sótano cargada con la bolsa, saqué a la perrita de la horrenda jaula destinada a los animales y localicé mi moto con la ayuda de un amable señor; a esas horas no hay quien se oriente... El mismo señor colaboró en la tarea de subir a la moto la bolsa, la perra y a mí misma (tarea de máxima logística), haciendo equilibrios pude bajar por la rampa y salir del buque.
¡Ibiza a mis pies!
Pero aun no había llegado a mi destino. Debíamos seguir.
Lentamente, cual tortuga, recorrí el paseo marítimo hacia el otro lado dónde están los ferrys que te llevan a Formentera. La isla empezaba a despertar, el calor apretaba haciendo salir de mí todos los problemas de los últimos meses y sustituyéndolos por una calma suave y bienvenida.
Repetí el embarque al ferry (ya tenía más controlados los pasos a seguir, y en este caso ni la moto ni la perra debían ir al sótano, si no que nos quedamos en cubierta). Recuerdo que ese barco de llamaba Manolita (jeje, curioso no?)
Fueron unos 30 minutos de trayecto. Al mismo tiempo que Ibiza iba desapareciendo, se acercaba Formentera… Subí de nuevo todo a la moto y volví a bajar la rampa. Había llegado.
¿Qué coño hago yo aquí?
No tengo donde dormir, no conozco a nadie…
Mientras estos pensamientos me abrumaban perdí el equilibrio y, como un bloque, caímos al suelo la moto, la bolsa, la perra y yo, ¡PAM!
Con la dignidad de los caídos me levanté, volví a colocar todo y empecé a circular desafiando al poli que me miraba con cara de “pobrecita esta chica”.
Entonces noté como el cosmos se confabulaba a mi favor, noté que la suerte venía a mí, el aroma a sal penetró en mi, sentí una fuerza interior y tomé una calle cualquiera. Ahí mismo conocí a una señora que me dio alojamiento, solté las bolsas y liberada me dispuse a dar una vuelta.
En Formentera sólo hay una carretera y de ella salen caminos a derecha e izquierda.
Tomé uno que me llevó a una magnífica cala desierta.
Me desnudé (un poco avergonzada y mirando hacia los lados por si venía alguien… A decir que al cabo de los meses ya no me importaba desnudarme en la playa, de hecho es “lo normal” en esa isla, salvo en la playa de Illetas, el resto son nudistas).
Me acerqué al agua, estaba fresquita y era totalmente transparente, de color turquesa combinado con el blanco de la arena.
Di gracias y me sumergí completamente dentro del agua.
Oh Havivi, qué sencilla es a veces la felicidad… di vueltas dentro del agua, me hundí, salí a flote, toqué las algas, las piedrecitas entre los dedos de mis pies, el sabor salado en la boca, el salitre en la piel, jugué con el agua y me sentí como un pez. No un pez portentoso, ni un pez grande, ni un pez especial, no… Me sentí como un pececillo de colores, sencillo, tierno, sin pretensiones, sólo un pez, un pez feliz.
Antes de irme, quisiera contaros una historia. Bueno, una parte de la historia del nacimiento de este pececillo de colores que soy. ¡Hasta pronto!
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Era muy pronto y había dormido a trompicones en una de las butacas del buque Salamanca (o algo parecido, esos nombres que les ponen a los barcos que te llevan a las deliciosas Pitiusas).
Todo el mundo hacía cola para bajar al parquing del sótano, como yo odio hacer cola, me lo tomé con calma y tuve tiempo de tomar un café con leche mientras observaba al camarero desperezarse y soltar algunos insultos en gallego.
Finalmente bajé al sótano cargada con la bolsa, saqué a la perrita de la horrenda jaula destinada a los animales y localicé mi moto con la ayuda de un amable señor; a esas horas no hay quien se oriente... El mismo señor colaboró en la tarea de subir a la moto la bolsa, la perra y a mí misma (tarea de máxima logística), haciendo equilibrios pude bajar por la rampa y salir del buque.
¡Ibiza a mis pies!
Pero aun no había llegado a mi destino. Debíamos seguir.
Lentamente, cual tortuga, recorrí el paseo marítimo hacia el otro lado dónde están los ferrys que te llevan a Formentera. La isla empezaba a despertar, el calor apretaba haciendo salir de mí todos los problemas de los últimos meses y sustituyéndolos por una calma suave y bienvenida.
Repetí el embarque al ferry (ya tenía más controlados los pasos a seguir, y en este caso ni la moto ni la perra debían ir al sótano, si no que nos quedamos en cubierta). Recuerdo que ese barco de llamaba Manolita (jeje, curioso no?)
Fueron unos 30 minutos de trayecto. Al mismo tiempo que Ibiza iba desapareciendo, se acercaba Formentera… Subí de nuevo todo a la moto y volví a bajar la rampa. Había llegado.
¿Qué coño hago yo aquí?
No tengo donde dormir, no conozco a nadie…
Mientras estos pensamientos me abrumaban perdí el equilibrio y, como un bloque, caímos al suelo la moto, la bolsa, la perra y yo, ¡PAM!
Con la dignidad de los caídos me levanté, volví a colocar todo y empecé a circular desafiando al poli que me miraba con cara de “pobrecita esta chica”.
Entonces noté como el cosmos se confabulaba a mi favor, noté que la suerte venía a mí, el aroma a sal penetró en mi, sentí una fuerza interior y tomé una calle cualquiera. Ahí mismo conocí a una señora que me dio alojamiento, solté las bolsas y liberada me dispuse a dar una vuelta.
En Formentera sólo hay una carretera y de ella salen caminos a derecha e izquierda.
Tomé uno que me llevó a una magnífica cala desierta.
Me desnudé (un poco avergonzada y mirando hacia los lados por si venía alguien… A decir que al cabo de los meses ya no me importaba desnudarme en la playa, de hecho es “lo normal” en esa isla, salvo en la playa de Illetas, el resto son nudistas).
Me acerqué al agua, estaba fresquita y era totalmente transparente, de color turquesa combinado con el blanco de la arena.
Di gracias y me sumergí completamente dentro del agua.
Oh Havivi, qué sencilla es a veces la felicidad… di vueltas dentro del agua, me hundí, salí a flote, toqué las algas, las piedrecitas entre los dedos de mis pies, el sabor salado en la boca, el salitre en la piel, jugué con el agua y me sentí como un pez. No un pez portentoso, ni un pez grande, ni un pez especial, no… Me sentí como un pececillo de colores, sencillo, tierno, sin pretensiones, sólo un pez, un pez feliz.
9 comentaris:
dulce historia querida pececillo...me ha encantado tu historia, ese nacimiento, esa libertad, ese contacto contigo...un beso
Que envidia. Envidia porque conozco esa sensación y me acabo de dar cuenta de lo que la extraño. Si tengo vacaciones este año las mplearé en sumergirme así por las aguas de tu tierra, verdes esmeralda. Un besito
Exactamente en qué cala dices? jaja!
Muy bonita historia sobre Arda y su mundo submarino.
Besos,
Luis Tolkien
cuantas playas hay que andar para poder nadar así?
Precioso arda.
Pero me ha dado que pensar...
¿Tengo yo que explicar ahora como me convertí en una Avestruz? jajaaj!
Besos y disfruta tanto como te mereces.
A veces es bueno encontrarse en situaciones límite, y cambiar de aires.
Con el optimismo y la confianza se logran muchas cosas, y qué poquito se necesita en ocasiones para ser feliz, agua transparente, algas, salitre, piedrecitas... y paz.
¡Felices vacaciones!
Besos.
encantador relato, mi querida arda y el pececillo divino!!
Felices vacaciones ¿cuando volvés?
Bsss.
a Todos: como siempre, gracias por pasar a visitarme, me ha encantado volver y leer vuestros mensajes! Me apetecía contaros como nací siendo pez, el pq de esta imagen. De la cual no es que me esconda detrás, si no que es una parte de mi misma… Reconozco que me sigue sorprendiendo que vengáis, querid@s!
Alas de la vida: precioso tu nuevo nombre! Parece que te hayas bañado en las aguas cristalinas del mar...
Mel: di que si! Báñate y sé feliz! Y si no tienes vacaciones, busca un par de días para escaparte, vale la pena!
Luis: cualquiera de las calas de Formentera puede hacerte sentir un pez... Imagino como deben ser los peces de irlanda...
Oracle: en realidad puede ocurrir en la primera que vayas!
Medea: si si, me encantaría saber como te convertiste en avestruz, además ya sabes que me gusta mucho tu avatar jejeje
Irene: cuánta razón tienes! Quizá por eso llegamos al límite, para que nos ayude a escapar!
Mónica: gracias... jeje, lo de pececillo divino no lo había pensado, pero ahora que lo dices .... ;P
Pues que grata sensación la de sumergirse libre en una cala desierta. Refrescante.Renovadora.
He estado un par de veces en Mallorca, pero desde que vi Lucía y el sexo me cautivó Menorca. Estoy seguro que las islas mas chicas deben ser verdaderos paraísos.
Un besito
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